Terremotos de México

Revista IE Nº 83 reproduce un análisis comparativo de los terremotos que afectaron a México en 1985 y 2017. El trabajo demuestra que la seguridad sísmica depende no solo de reglamentos actualizados, sino también del control de su aplicación y la rehabilitación del parque edilicio.

Treinta y dos años separaron dos de los terremotos más significativos de la historia reciente de México. Sin embargo, los eventos del 19 de septiembre de 1985 y del 19 de septiembre de 2017 dejaron una misma enseñanza: disponer de reglamentos modernos no garantiza, por sí solo, la seguridad de las construcciones. Esa es la principal reflexión que plantea el artículo «Terremotos en México desde el 19/09/1985 hasta el 19/09/2017. Lecciones aprendidas y por aprender», reproducido en Revista IE Nº 83, correspondiente al mes de agosto de 2026.

El trabajo, elaborado por Silvana N. Bustos, Alejandro P. Giuliano y Daniel A. Yañez, especialistas del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), analiza comparativamente ambos terremotos y extrae conclusiones de gran valor para la ingeniería estructural latinoamericana.

El 19 de septiembre de 1985, un terremoto de magnitud Mw 8,1, con epicentro frente a las costas de Michoacán, provocó el colapso de aproximadamente 600 edificios y más de 20.000 víctimas fatales en Ciudad de México. Treinta y dos años después, el 19 de septiembre de 2017, otro sismo, de Mw 7,1, con epicentro entre Puebla y Morelos, volvió a sacudir a la capital mexicana, causando cerca de 500 fallecidos, el colapso de 46 estructuras y miles de edificios dañados.

Aunque la diferencia en la cantidad de víctimas y obras colapsadas podría sugerir una mejora significativa en las políticas preventivas y en el diseño estructural, los autores advierten que una observación más profunda revela aspectos preocupantes. Los colapsos registrados en 2017 ocurrieron de manera repentina, con escasa evidencia de deformaciones plásticas, cuestionando la efectividad de las medidas adoptadas tras la tragedia de 1985.

Uno de los aportes centrales del artículo consiste en comparar la intensidad del movimiento del suelo y la respuesta espectral generada por ambos terremotos. A partir de registros instrumentales y estudios desarrollados por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), los autores muestran que el terremoto de 2017 produjo mayores solicitaciones en edificios bajos, de entre uno y diez pisos, debido a su menor distancia epicentral y a las características de su mecanismo focal.

En cambio, el terremoto de 1985 afectó con mayor intensidad a los edificios altos, donde los períodos estructurales coincidieron con las características dinámicas del movimiento sísmico. Este análisis permite comprender por qué dos eventos de distinta magnitud produjeron daños significativos en tipologías estructurales diferentes.

El trabajo dedica una parte sustancial al estudio de la evolución de los reglamentos sísmicos de Ciudad de México desde 1976 hasta la actualidad. Los autores describen cómo, tras el terremoto de 1985, se incrementaron las exigencias de diseño, se perfeccionó la microzonificación sísmica y se desarrollaron espectros de diseño más representativos del comportamiento real del suelo. Incluso destacan que el reglamento mexicano de 1976 fue pionero a nivel mundial y tuvo influencia sobre el primer reglamento argentino INPRES-CIRSOC 103 de 1983.

No obstante, la investigación demuestra que la existencia de reglamentos técnicamente avanzados no resulta suficiente cuando no existe un adecuado control de su aplicación o cuando permanecen en servicio edificios diseñados bajo criterios ya superados.

El análisis estadístico de los edificios colapsados aporta otra conclusión relevante. Más del 60 % de los derrumbes correspondieron a estructuras con entrepisos sin vigas, mientras que una elevada proporción presentaba la conocida configuración de «piso blando», ampliamente reconocida como una de las principales causas de vulnerabilidad sísmica. Además, el 91 % de los edificios colapsados había sido construido antes de 1985, lo que evidencia la necesidad de evaluar y reforzar el parque edilicio existente.

Para los autores, estos resultados demuestran que muchas de las patologías observadas eran conocidas desde hacía décadas y, sin embargo, continuaban presentes en numerosas construcciones.