Colapso del Tacoma Narrows
El 7 de noviembre de 1940, a las 11:02 de la mañana, uno de los episodios más emblemáticos de la ingeniería estructural moderna quedó registrado para siempre: el importante colapso del Puente Tacoma Narrows, sobre el estrecho homónimo de la ciudad de Tacoma, en el estado de Washington D.C., Estados Unidos.
El 7 de noviembre de 1940 quedó marcado como uno de los días más trascendentes en la historia de la ingeniería estructural. A las 11:02 de la mañana, el Puente Tacoma Narrows, en el estado de Washington, colapsó espectacularmente frente a la mirada atónita de periodistas, automovilistas y técnicos que ya venían observando comportamientos inusuales desde su inauguración, apenas cuatro meses antes.
La estructura, entonces el tercer puente colgante más largo del mundo, había sido diseñada por el prestigioso ingeniero Leon Moisseiff, cuya reputación quedó seriamente dañada tras el desastre. A pesar de su elegancia y esbeltez, el puente mostró desde el primer día una flexibilidad excesiva, que llevó a los trabajadores a apodarlo “Galloping Gertie” (el galopante) por sus oscilaciones verticales incluso con vientos moderados.
Las autoridades intentaron diversas soluciones experimentales, como gatos hidráulicos y cables de amarre, pero ninguna de ellas logró controlar los movimientos que se acentuaban con cada jornada ventosa.
Aquella mañana de noviembre, con vientos sostenidos de 64 km/h, el comportamiento de la obra cambió abruptamente. El puente no solo se movía hacia arriba y hacia abajo, sino que comenzó a torcerse de forma violenta, generando un movimiento combinado que nadie había visto antes. El periodista Leonard Coatsworth, quien cruzaba el puente en su automóvil, perdió el control y debió abandonarlo mientras la calzada oscilaba bajo sus pies. Escapó a duras penas, aunque su perro Tubby no logró sobrevivir, convirtiéndose en la única víctima del suceso.
El movimiento torsional creciente, filmado por reporteros locales, culminó cuando un cable de 17,5 metros se soltó, desencadenando la caída del tramo central al Puget Sound. El registro audiovisual de ese momento se convirtió en uno de los documentos más analizados de la ingeniería moderna.
Las investigaciones posteriores demostraron que la causa del colapso había sido el fenómeno conocido como “flutter torsional”, una forma de inestabilidad aeroelástica autoexcitada. La interacción entre el viento, la geometría del tablero y su notable liviandad permitió que pequeños movimientos iniciales se amplificaran de manera continua. En un punto crítico, la torsión del puente comenzó a generar sus propias fuerzas, independizándose de las ráfagas que la habían originado. La sección cerrada del tablero, demasiado angosta y liviana, resultó incapaz de disipar energía, lo cual terminó por sellar el destino de la estructura.
El desastre del Tacoma Narrows impulsó un cambio radical en la práctica profesional. Desde entonces, todo puente colgante o atirantado debe someterse a ensayos en túneles de viento con modelos tridimensionales a escala, y la tradicional teoría de la deflexión —que sostenía que solo las deformaciones verticales eran relevantes— fue definitivamente reemplazada por una visión integral que incorpora modos torsionales y comportamientos aeroelásticos acoplados. Incluso el icónico Golden Gate debió ser reforzado años después para mejorar su estabilidad frente al viento.
A 85 años de aquel colapso, el caso del Tacoma Narrows sigue siendo una referencia obligada en el estudio y la enseñanza de la disciplina. Su legado trasciende el error: permitió comprender fenómenos complejos que hoy forman parte esencial del diseño estructural y consolidó una cultura de verificación experimental que continúa salvaguardando la seguridad de las grandes obras de infraestructura en todo el mundo.



















