Construido sobre arena
La reciente experiencia de Sunny Isles Beach, en la costa de Florida, Estados Unidos, ofrece un caso de estudio particularmente relevante para la ingeniería estructural en contextos costeros con suelos poco competentes.
En las últimas dos décadas, la transformación de una franja de moteles bajos frente al mar en un corredor de torres residenciales de gran altura, puso a prueba los límites de la práctica geotécnica sobre islas barrera constituidas por estratos variables de arena, limo, turba y caliza porosa, un perfil similar al de buena parte del frente marítimo del sur de Florida.
Los desarrolladores asumieron inicialmente que el desafío principal era “convencional”: diseñar cimentaciones profundas capaces de transmitir las cargas a estratos más rígidos. La evidencia posterior mostró que el problema era bastante más complejo: varios edificios se asentaron entre dos y tres veces más de lo previsto por los modelos de cálculo originales.
Los informes geotécnicos presentados ante la ciudad documentan que, ya una década después del inicio del boom inmobiliario, distintas firmas reconocían asentamientos significativamente mayores que los proyectados en varias torres.
En el caso de Chateau Beach, de 35 niveles, un informe de 2012 admitía que edificios construidos pocos años antes en la misma franja costera se habían hundido por encima de las estimaciones de proyecto. Un análisis posterior del Miami Herald, basado en más de 2.000 páginas de documentación técnica, muestra que al menos un subconjunto de torres experimentó asentamientos finales del orden de dos a tres veces lo previsto, con valores medidos que alcanzan del orden de 0,18 m a 0,36 m en algunos casos, cuando las recomendaciones de manual para este tipo de suelos suelen apuntar a rangos de 0,03 m a 0,08 m como referencia de “buena práctica”, dependiendo de la estratigrafía y rigidez de la estructura.
La progresión en las soluciones de cimentación refleja esa curva de aprendizaje. En los primeros desarrollos de gran altura frente al mar, como el Acqualina Resort and Residences on the Beach, de unos 50 pisos, los ingenieros estructurales evaluaron alternativas con pilotes helicoidales tipo ACIP (augered cast-in-place) de aproximadamente 23 m de longitud, advirtiendo ya entonces la existencia de un potencial de asentamientos significativos. Como opción más segura, se analizaban pilotes del orden de 40 m de profundidad, con el costo y plazo de obra como factores contrarios.
La solución finalmente ejecutada fue intermedia, con pilotes de aproximadamente 36 m. Una década más tarde, la misma firma informó que los sectores más livianos del edificio se habían asentado unos 0,18 m y los más cargados alrededor de 0,25 m, es decir, un orden de magnitud sensiblemente superior al criterio clásico de 0,025–0,075 m de asentamiento total recomendado habitualmente en la bibliografía para edificaciones sobre suelos compresibles.
Informes posteriores de otra consultora, Kaderabek, muestran un cambio de enfoque todavía más marcado. En 2005 y 2007, para Trump Towers 1, 2 y 3, los ingenieros proyectaron asentamientos del orden de 0,15 m, y declararon su confianza en esas predicciones. Sin embargo, en 2011, al estudiar el Porsche Design Tower, la misma firma ya contaba con mediciones de obra que mostraban que tanto las Trump Towers como Jade Beach habían alcanzado asentamientos de unos 0,23 m, frente a pronósticos originales de 0,08–0,10 m para algunos de esos edificios. En el informe del Porsche se evaluó que, con pilotes de unos 26 m, el asentamiento final podía llegar a aproximadamente 0,36 m, con elevada probabilidad de asentamiento diferencial.

La recomendación “prudente” pasó entonces a ser profundidades de -al menos- 41 m para reducir el riesgo de fisuración de elementos estructurales, distorsiones del marco resistente y balcones con pendientes invertidas. Según fuentes de la industria, el proyecto terminó adoptando pilotes todavía más profundos, cercanos a los 47 m.
La tendencia general en Sunny Isles ha sido llevar las cimentaciones cada vez más abajo, en paralelo con el incremento de altura y peso de las torres. Mientras las primeras torres oceánicas de la ciudad tenían fundaciones que, en términos relativos, equivaldrían a “pocos pisos” de profundidad, los desarrollos más recientes alcanzan longitudes del orden de los 61 m, aproximadamente, 20 niveles “hacia abajo”, más del doble de la profundidad de las primeras obras frente al mar. Tal es el caso de Bentley Residences, todavía en construcción, para el cual los ingenieros estructurales recomiendan explotar el límite práctico del sistema de pilotes disponible en la zona: unos 61 m.
En paralelo, la altura de los edificios también se ha llevado al extremo. Las nuevas torres residenciales de alta gama se ubican en el rango de más de 200 m, con ejemplos como un edificio de aproximadamente 218 m, mientras que otras torres de la franja ya superan los 180 m. La autoridad aeronáutica (FAA) había fijado un techo de unos 198 m, pero las excepciones concedidas permitieron desarrollos de alrededor de 205 m, y existe incluso una solicitud para un edificio del orden de 250 m. Conviene considerar un dato llamativo: la profundidad de cimentación propuesta para Bentley (≈61 m) es incluso mayor respecto de la profundidad de fundación reportada para el Burj Khalifa en Dubái, cuya altura total ronda los 830 m.
Pese a semejante incremento en profundidades de pilotes y en la robustez aparente de las soluciones de fundación, los informes de 2023 para Bentley Residences y para las torres gemelas del St. Regis Residences, las cuales aspiran a ubicarse entre las más altas de la costa de Florida, reconocen que la predicción del asentamiento final sigue siendo “extremadamente difícil” en el contexto geológico del sur de Florida, y en particular, en el sector de Sunny Isles Beach.
Los ingenieros geotécnicos recopilaron datos de ocho torres ya construidas en un tramo de unos 4 km de costa, todas con alturas superiores a 180 m y cimentaciones profundas comparables, y encontraron comportamientos de asentamiento muy disímiles, con valores finales que varían entre aproximadamente 0,08 m y 0,37 m. Esta dispersión, con geometrías y tecnologías de fundación relativamente similares, subraya la sensibilidad de la respuesta a las variaciones locales de estratigrafía, al historial de carga, y a posibles efectos acoplados con el ambiente marino y la construcción vecina.
Al mismo tiempo, un estudio académico liderado por la Universidad de Miami, basado en mediciones satelitales entre 2016 y 2023, identificó 35 edificios sobre las islas barrera de Miami-Dade que continúan hundiéndose, muchos años después de su construcción. Aproximadamente el 70 % de la hilera de torres frente al mar de Sunny Isles mostró asentamientos adicionales en ese período, en el rango de casi 1 pulgada a poco más de 0,08 m, lo que indica que la consolidación y la redistribución de tensiones en profundidad no se agotan en los primeros años de vida útil. Si bien los expertos coinciden en que estos valores no implican, por sí mismos, un riesgo inminente para la estabilidad global de las estructuras analizadas, sí pueden traducirse en patologías de servicio —fisuras, filtraciones, problemas de drenaje, interferencias en instalaciones y accesos— y, especialmente, ponen de relieve la ausencia de un sistema formal de monitoreo a largo plazo.
Desde el punto de vista de la práctica profesional, el caso Sunny Isles plantea varias cuestiones de interés para la comunidad de ingenieros estructurales y geotécnicos de Argentina. En primer lugar, muestra los límites de las metodologías tradicionales de predicción de asentamientos cuando se aplican a edificios de gran altura apoyados en suelos altamente heterogéneos, con capas alternadas de materiales granulares y orgánicos sobre roca caliza fracturada.
La experiencia relatada sugiere que, aun con campañas de perforación extensas y modelos de cálculo conservadores, los errores en las estimaciones pueden multiplicarse por dos o tres cuando se llevan al extremo las solicitaciones de carga. En segundo lugar, la evolución de los proyectos evidencia la interacción permanente entre criterios de seguridad, límites tecnológicos (por ejemplo, la profundidad máxima alcanzable con los sistemas de pilotes disponibles) y restricciones económicas: cimentaciones más profundas y rígidas reducen la probabilidad de asentamientos problemáticos, pero implican sobrecostos de varios millones de dólares, aspecto el cual torna inevitable la gestión de riesgos residuales.

En tercer lugar, el caso resalta la importancia del seguimiento post-construcción. Ni los municipios ni las autoridades de control cuentan allí con programas sistemáticos para medir la evolución de los asentamientos durante la vida útil de los edificios, pese a tratarse de estructuras que han llevado “al límite” el concepto de desarrollo costero sobre islas barrera. El resultado es un vacío de información que dificulta ajustar los modelos y optimizar los diseños futuros.
Finalmente, el marco legal agrega una dimensión no menor: en Florida, las acciones por defectos estructurales prescriben a los siete años, un plazo acotado si se considera que muchos de los efectos del asentamiento prolongado recién se manifiestan, cuantifican o agregan en horizontes de tiempo mayores.
Este caso constituye un insumo valioso para reflexionar sobre cómo se evalúan hoy los riesgos de asentamiento en proyectos de gran altura sobre suelos compresibles, qué márgenes de seguridad se adoptan en el diseño de fundaciones profundas, qué rol se le otorga al monitoreo geodésico y satelital a lo largo de la vida útil y cómo se articulan, en definitiva, la práctica de diseño, la regulación y la responsabilidad profesional en contextos donde la geología impone condiciones particularmente adversas.
Nota basada en el artículo original en inglés “Built on Sand. Sinking skyscrapers? As buildings got bigger in Sunny Isles, so did engineering concerns”, cuya autoría pertenece a Denise Hruby, publicado en el Miami Herald el 1º de diciembre de 2025, con reportes y visualizaciones de Susan Merriam, edición de Curtis Morgan, producción visual de Matías J. Ocner, Carl Juste y Jenny Sparks, y el equipo de audiencia y desarrollo del Miami Herald.
Contacto: climate@miamiherald.com


























