Estrés climático
Cuando los ingenieros estructurales diseñan un edificio, no se limitan a apilar pisos; calculan cómo ganar una compleja batalla contra la naturaleza. Cada construcción se proyecta para resistir un determinado “presupuesto” de distintas tensiones ambientales provocadas por el calor estival.
Para ello, los ingenieros recurren a mapas de amenaza y códigos de seguridad. Se trata, en esencia, de manuales basados en décadas de datos meteorológicos históricos. Incluyen márgenes de seguridad que garantizan que, aun si una pequeña parte del edificio falla, la estructura completa no colapse como un castillo de naipes.
El problema es que esos manuales resultan hoy obsoletos. Muchos de nuestros emblemáticos rascacielos fueron construidos en las décadas de 1970 y 1980, en un mundo más frío, con mareas más predecibles y tormentas menos violentas. Ese mundo ya no existe.
El cambio climático actúa como un multiplicador de amenazas, agravando las consecuencias del estrés ambiental sobre los edificios. Rara vez derriba una estructura por sí solo. En cambio, encuentra pequeñas fisuras, vigas corroídas y cimientos envejecidos, y los empuja hasta el punto de ruptura. Incrementa la intensidad de cada carga y esfuerzo que un edificio debe soportar. Para comprender este desafío, se estudiaron puntos críticos a nivel mundial.
El colapso en 2021 del edificio Champlain Towers South en Miami, Florida, Estados Unidos, causó la muerte de 98 personas. Si bien el inmueble de 12 pisos presentaba problemas de diseño originales, décadas de aumento del nivel del mar y aire costero salino actuaron como catalizador, permitiendo que el agua salada se filtrara en el subsuelo y el estacionamiento.
Cuando la sal alcanza las barras de acero dentro del hormigón, responsables de proporcionar resistencia estructural (conocidas como armaduras), el metal se oxida y se expande. Esto genera una enorme presión interna que fisura el hormigón desde adentro hacia afuera, en un proceso que los ingenieros denominan “descascaramiento” o spalling. La lección es clara: en un mundo más cálido, los subsuelos costeros se están convirtiendo en cámaras de corrosión donde pequeñas fallas de mantenimiento pueden escalar hasta provocar catastróficos colapsos estructurales.
Mientras que el caso de Miami afectó a un solo edificio, la histórica ciudad costera de Alejandría, en Egipto, enfrenta un riesgo mucho más extendido. Investigaciones recientes indican que los derrumbes allí han pasado de uno por año a casi 40 anuales en los últimos tiempos.
No solo el mar está subiendo; la sal licúa el suelo blando bajo los cimientos de la ciudad. A medida que el nivel freático asciende, el agua salada se infiltra bajo el tejido urbano, elevando el nivel de las napas. Esta agua salina no solo oxida las fundaciones, sino que altera la estructura química y física del suelo. Actualmente, unos 7.000 edificios en Alejandría presentan alto riesgo de colapso.
En Hong Kong, durante el supertifón Mangkhut en 2018, los vientos alcanzaron una aterradora velocidad de 180 millas por hora. Cuando ráfagas intensas chocan contra un frente de rascacielos, se comprimen entre los edificios y aceleran, como el agua expulsada mediante una manguera angosta.
Esa presión convirtió cientos de oficinas en túneles de viento, haciendo que los paneles de vidrio saltaran de sus marcos y fragmentos cayeran sobre las calles. Con 82 víctimas fatales y 15.000 viviendas destruidas en la región, los rascacielos se transformaron en “máquinas de escombros”, aun cuando no colapsaron por completo.
Simulaciones llevadas a cabo con supercomputadoras sobre los sistemas fluviales de Japón muestran que, en un mundo con 2 °C de calentamiento, inundaciones hoy consideradas “de una vez cada siglo” podrían repetirse aproximadamente cada 45 años. Con 4 °C de aumento, podrían ocurrir cada 23 años.
Estos incrementos en el volumen de agua ampliarán las zonas inundables hacia áreas antes consideradas seguras, desbordando potencialmente diques y defensas costeras. En una región crítica como la bahía de Osaka, las marejadas podrían aumentar casi un 30 %.
En Estados Unidos, un estudio de 370 millones de registros inmobiliarios entre 1945 y 2015 determinó que más de la mitad de las estructuras se ubican en zonas de alto riesgo. Casi la mitad enfrenta amenazas múltiples como terremotos, inundaciones, huracanes y tornados. En el Reino Unido, los reclamos por daños vinculados al clima alcanzaron 573 millones de libras en 2023, un 36 % más respecto del año 2022. Además, se proyecta que los daños anuales por inundaciones a propiedades no residenciales casi se duplicarán, pasando de 2.000 millones de libras actuales a 3.900 millones hacia la década de 2080.
Gran parte del parque edilicio mundial ingresa a su madurez bajo condiciones ambientales para las cuales nunca fueron diseñados. En lugar de entrar en pánico o demolerlo todo, la solución es adaptarse y entender el mantenimiento como una forma de resiliencia climática, no como un gasto opcional.
Las actualizaciones en la mitad de la vida útil de los edificios pueden proteger nuestros perfiles urbanos durante los próximos 50 años. Los mapas de riesgo deben incorporar modelos climáticos futuros —no solo datos históricos— para establecer nuevos estándares de seguridad. El monitoreo estructural regular resulta esencial: mediante sensores capaces de detectar tensiones invisibles en cimientos y estructuras antes de tornarse críticas, es posible anticipar situaciones peligrosas.
Los edificios pueden mantenerse robustos si las intervenciones se concentran en sus puntos más débiles y vulnerables: fachadas vidriadas, sistemas de drenaje subterráneo, pilotes de fundación y protección contra la corrosión.
El cambio climático no está reescribiendo las leyes de la ingeniería, pero sí se encuentra reduciendo rápidamente nuestros márgenes de seguridad. Si queremos que nuestras ciudades sigan en pie, debemos actuar ahora, antes de que pequeñas tensiones invisibles se acumulen hasta provocar fallas irreversibles.
Autor: Mohamed Shaheen, Profesor de Ingeniería Estructural, Loughborough University.
Este artículo fue republicado de The Conversation bajo una licencia Creative Commons.
Recuperado desde:





























