Sismo en Colombia
El ingeniero Aldo Loguercio, presidente de la AIE, presenta un análisis del sismo, sus consecuencias estructurales y humanas en el hermano país, y del estado de los organismos dedicados a la temática en nuestra Argentina. Aspectos fundamentales del desastre acaecido en Colombia.
Sismo en Colombia 2026. Vulnerabilidad constructiva y desafíos para la ingeniería sísmica
El pasado 10 de agosto de 2026 se registró en Colombia un terremoto de magnitud 7,4 en la escala de Richter, con epicentro localizado en el occidente del país, en cercanías de San José del Palmar, departamento del Chocó. El evento tuvo una profundidad del orden de los 100 kilómetros, por lo que puede caracterizarse como un sismo de profundidad intermedia. La combinación entre una elevada magnitud y un foco relativamente profundo determinó que la energía liberada pudiera propagarse sobre una extensa superficie, haciendo que el movimiento fuera percibido a considerable distancia del epicentro.
Aunque de diferente origen tectónico, este sismo se produce a menos de dos meses del terremoto en doblete de Venezuela (escalas 7,2 y 7,5), que fuera analizado oportunamente en este mismo medio por los Ings Giuliano y Llopiz, con más de 6.000 víctimas reportadas.
Colombia se encuentra en una de las regiones sísmicamente más complejas de América del Sur, condicionada por la interacción de las placas de Nazca, Sudamericana y del Caribe. El proceso de subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana genera una intensa actividad sísmica, tanto superficial como de profundidad intermedia. Este marco geodinámico convierte al territorio colombiano en un escenario donde el riesgo sísmico debe ser considerado de manera prioritaria en el diseño y construcción de edificaciones e infraestructuras.

La profundidad del foco constituye un aspecto significativo para interpretar los efectos de este terremoto. A diferencia de los sismos corticales superficiales, que pueden producir concentraciones muy elevadas de daño en las proximidades de la ruptura, los terremotos de profundidad intermedia suelen transmitir sus ondas a territorios mucho más extensos. Esto explica que un mismo evento pueda ser percibido en numerosas ciudades y regiones, aun cuando se encuentren considerablemente alejadas de su epicentro.
A diferencia de las cargas gravitatorias con las que se proyecta un edificio, por lo general estáticas, las cargas derivadas de un sismo son de características dinámicas. Una construcción sismorresistente debe disponer de un sistema estructural capaz de recibir las fuerzas horizontales generadas por el movimiento del suelo y transmitirlas, mediante un recorrido continuo y claramente definido, desde los distintos componentes del edificio hasta sus fundaciones. Debido a la concentración de masas, las losas y cubiertas actúan como elementos que reciben y distribuyen esas acciones hacia pórticos, muros estructurales, arriostramientos u otros sistemas resistentes, que finalmente las conducen hacia el terreno. La interrupción o debilidad de ese recorrido de cargas puede generar concentraciones de esfuerzos y mecanismos locales de falla.
Resulta igualmente importante que las estructuras posean ductilidad, es decir, capacidad para experimentar deformaciones importantes sin perder súbitamente su resistencia. Durante un terremoto severo es posible admitir determinados niveles de daño estructural, siempre que este comportamiento permita disipar energía progresivamente y se evite un colapso frágil. Por esta razón, el diseño de conexiones, encuentros entre elementos, armaduras y detalles constructivos adquiere una importancia vital.
Otro aspecto fundamental es la regularidad estructural. Las plantas excesivamente irregulares, grandes cambios de rigidez entre pisos, discontinuidades de elementos resistentes o distribuciones muy desiguales de masas y rigideces pueden favorecer fenómenos de torsión y concentraciones de esfuerzos. Las configuraciones simples, regulares y con una distribución equilibrada de los elementos resistentes suelen presentar un comportamiento sísmico más previsible. La reglamentación de construcciones anti sísmicas contempla expresamente las irregularidades en planta y establece criterios para reducir la vulnerabilidad asociada a ellas.
Una de las irregularidades más relevantes es la presencia de pisos blandos o débiles, caracterizados por una rigidez significativamente menor respecto de los niveles superiores. Este fenómeno suele presentarse cuando la planta baja se destina a estacionamientos, locales comerciales o espacios abiertos, mientras que los pisos superiores cuentan con numerosos muros portantes. Bajo solicitaciones sísmicas, las deformaciones tienden a concentrarse en el nivel menos rígido, comprometiendo la estabilidad global del edificio y aumentando el riesgo de colapso parcial o total.
De manera complementaria, debe prestarse atención a la formación de columnas cortas o de mayor inercia, reduciendo su longitud libre de deformación. Aunque intuitivamente podría pensarse que una mayor rigidez es favorable, en realidad estas condiciones generan una concentración elevada de esfuerzos de corte, lo que incrementa la vulnerabilidad frente a movimientos sísmicos.
También las fundaciones y las características geotécnicas del terreno forman parte inseparable del problema. Una estructura correctamente diseñada puede modificar sustancialmente su respuesta dependiendo del suelo sobre el cual se encuentre emplazada. Los terrenos blandos pueden amplificar determinadas frecuencias del movimiento sísmico, mientras que otros fenómenos geotécnicos pueden producir asentamientos, desplazamientos o pérdidas de capacidad resistente. Por ello, el conocimiento del suelo y la adecuada interacción entre terreno, fundaciones y estructura constituyen componentes esenciales del diseño sismorresistente.

La seguridad tampoco depende exclusivamente de vigas, columnas, losas o muros. Los elementos no estructurales —fachadas, cielorrasos, instalaciones, revestimientos, tabiques, equipamientos y otros componentes— deben encontrarse correctamente diseñados y vinculados para soportar los movimientos previstos. Su desprendimiento o caída puede ocasionar víctimas y dificultar la utilización del edificio aun cuando su estructura principal permanezca estable.
A todos estos aspectos debe sumarse la calidad de ejecución. Una buena norma y un proyecto estructural correctamente concebido pierden efectividad si durante la construcción se modifican detalles, se utilizan materiales diferentes de los especificados, se ejecutan deficientemente las uniones o no existe una adecuada supervisión profesional. La resistencia sísmica es el resultado de una cadena que comienza en el conocimiento de la amenaza y continúa con el estudio del suelo, el proyecto arquitectónico, el cálculo estructural, el detallado, la calidad de los materiales, la ejecución y el mantenimiento posterior.
En Colombia, estos principios se encuentran contemplados por el Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente NSR-10 y sus modificaciones, y en la Argentina en el Reglamento INPRES CIRSOC 103 en sus partes I a VI, que establece los requisitos técnicos y científicos aplicables a las construcciones sismorresistentes. Su propósito trasciende la simple resistencia estructural: apunta a proteger la vida humana, reducir las pérdidas materiales y favorecer la continuidad operativa de las construcciones esenciales.
El problema adquiere particular importancia en las construcciones existentes, especialmente aquellas proyectadas con reglamentos anteriores o construidas sin criterios sismorresistentes suficientes. En estos casos resulta necesario evaluar su vulnerabilidad, identificar deficiencias y, cuando corresponda, desarrollar intervenciones de refuerzo.

Frente a acontecimientos de esta magnitud reiteramos la importancia de la educación y formación permanente en ingeniería sísmica en nuestras universidades, de contar con reglamentos sismorresistentes actualizados y asegurar su efectivo cumplimiento, así como de evaluar y adecuar sísmicamente la infraestructura existente. La responsabilidad conjunta de profesionales, autoridades, organismos técnicos y empresas constructoras resulta esencial: no es el terremoto por sí mismo, sino fundamentalmente la vulnerabilidad y falla de las construcciones, lo que incrementa la cantidad de víctimas, heridos y pérdidas económicas.
En este contexto, consideramos imprescindible reafirmar en la Argentina la importancia de preservar, fortalecer y jerarquizar a los organismos especializados responsables de estudiar, monitorear y prevenir el riesgo sísmico. Particularmente, destacamos el papel estratégico fundamental del Centro de Investigación de los Reglamentos Nacionales de Seguridad para las Obras Civiles (CIRSOC), y del Instituto Nacional de Prevención Sísmica (INPRES), cuya especificidad técnica, experiencia acumulada y funciones no deberían diluirse dentro de organismos con misiones diferentes. Por ello, reiteramos la necesidad de garantizar su continuidad y autonomía como institución de referencia nacional en materia de prevención sísmica.
Cada terremoto ocurrido en nuestra región constituye también una advertencia acerca de la necesidad de sostener políticas públicas permanentes de prevención, investigación, actualización reglamentaria y control. La reducción del riesgo sísmico demanda instituciones sólidas, conocimiento técnico, recursos humanos especializados y continuidad en el tiempo.

En línea con nuestra misión, la Asociación de Ingenieros Estructurales (AIE) sigue dando impulso a su Comisión de Ingeniería Sísmica Argentina (CISA), cuyos objetivos son entre otros, la divulgación de información científica y técnica en la materia, la elaboración de recomendaciones y especificaciones para el diseño y construcción, la colaboración en la redacción de proyectos de redacción de Normas y reglamentos, etc.
Los terremotos de Venezuela y Colombia 2026 constituyen una advertencia clara: los desastres naturales son inevitables, pero sus consecuencias dependen de la vulnerabilidad de nuestras construcciones. La ingeniería sísmica no busca inmunidad absoluta, sino estructuras capaces de responder de manera controlada y evitar colapsos. La responsabilidad conjunta de profesionales, autoridades y empresas constructoras es esencial para transformar la amenaza sísmica en un riesgo gestionable.




























