Normas bajo presión

Los grandes desastres naturales someten a las estructuras y sus normas a una prueba decisiva. En STRUCTURE Magazine de agosto de 2026, Cheryllyn Henry y Jessica Mandrick analizan en su artículo cómo huracanes e inundaciones dejaron lecciones que actualmente transforman códigos y estándares.

Los códigos y estándares estructurales no son documentos estáticos. Su evolución se nutre de la investigación, de los avances tecnológicos y, muchas veces, de las enseñanzas que dejan los eventos extremos. Huracanes, inundaciones, tornados y terremotos ponen a prueba edificios e infraestructuras en condiciones reales y permiten descubrir vulnerabilidades las cuales difícilmente podrían reproducirse en un laboratorio.

Este es el eje del artículo de Cheryllyn Henry y Jessica Mandrick publicado en STRUCTURE Magazine, donde las autoras analizan cómo las evaluaciones posteriores a distintos desastres naturales contribuyeron directamente a perfeccionar los estándares estadounidenses ASCE/SEI 7 y ASCE/SEI 24.

Luego de una catástrofe, los equipos de especialistas estudian el comportamiento de las construcciones y comparan los daños observados con las acciones previstas durante el proyecto. La pregunta no se limita a determinar qué falló. También interesa conocer por qué ocurrió, si la intensidad del fenómeno superó los valores de diseño, si existieron deficiencias constructivas y, fundamentalmente, qué modificaciones normativas podrían evitar daños similares en el futuro.

Un caso especialmente significativo surgió tras los huracanes Irma y María, que afectaron las Islas Vírgenes de los Estados Unidos en 2017. Las inspecciones permitieron comparar las velocidades de viento estimadas con las consideradas por las normas, además de estudiar efectos topográficos, comportamiento de instalaciones solares, impacto de objetos transportados por el viento y desempeño de vidrios resistentes.

Las investigaciones comprobaron que parte de los daños correspondía a construcciones proyectadas con códigos anteriores, aunque también se detectaron situaciones donde la ejecución no respondía a las exigencias previstas. Entre ellas aparecieron celdas de mampostería armada sin relleno adecuado y equipos instalados sobre cubiertas sin una correcta fijación mecánica a la estructura.

El estudio de los efectos topográficos del viento también aportó información relevante. Las características particulares del terreno podían incrementar las velocidades y generar solicitaciones superiores a las inicialmente consideradas. Las recomendaciones derivadas de estas observaciones fueron posteriormente incorporadas a nuevas versiones del estándar ASCE/SEI 7.

Las fallas no siempre se localizaron en los elementos estructurales principales. Una proporción importante de los daños afectó componentes no estructurales, cerramientos, ventanas, cubiertas, instalaciones y equipos. Esto demuestra que la resiliencia de un edificio depende del comportamiento integral de todos sus sistemas y no únicamente de la resistencia de vigas, columnas y muros.

Otro campo fundamental de aprendizaje corresponde a las inundaciones. El análisis de los efectos del huracán Sandy en el bajo Manhattan mostró que edificios de gran altura podían conservar prácticamente intacta su estructura principal y, sin embargo, quedar fuera de servicio durante semanas o meses. La inundación de subsuelos inutilizó tableros eléctricos, subestaciones, transformadores, bombas, ascensores, sistemas de calefacción y otros equipos esenciales.

Esta experiencia puso de manifiesto una diferencia fundamental entre resistencia y funcionalidad. Un edificio puede permanecer en pie después de un evento extremo y, aun así, resultar inhabitable. Por esa razón, las estrategias contemporáneas de resiliencia incorporan cada vez con mayor énfasis la ubicación y protección de los sistemas necesarios para mantener operativa una construcción después del desastre.

Entre las consecuencias de estas investigaciones se encuentra la recomendación de disponer determinados equipos mecánicos y eléctricos por encima de las cotas de inundación de proyecto. También se revisaron las condiciones de los sistemas de energía de emergencia, las reservas de combustible y las medidas de impermeabilización destinadas a proteger instalaciones críticas.

Las observaciones efectuadas sobre viviendas afectadas por inundaciones aportaron, además, enseñanzas sobre fundaciones y elevación de construcciones existentes. Algunas viviendas originalmente apoyadas sobre losas de planta baja fueron elevadas posteriormente sin que esas losas hubieran sido concebidas para trabajar suspendidas, provocando fallas responsables de impulsar nuevas disposiciones normativas.

La ingeniería estructural encuentra así en cada desastre una fuente de conocimiento particularmente valiosa. Las inspecciones posteriores permiten confrontar modelos, hipótesis y prescripciones reglamentarias con el comportamiento efectivo de las obras. Esa información transforma una experiencia destructiva en conocimiento aplicable a futuras construcciones.

El objetivo final excede la simple incorporación de mayores coeficientes de seguridad. Se trata de comprender mejor cómo responden las estructuras, sus envolventes y sus instalaciones, para diseñar edificios capaces no solo de resistir fenómenos extremos, sino también de proteger a sus ocupantes y recuperar rápidamente su funcionamiento.

Los desastres naturales constituyen, en este sentido, una severa prueba a escala real para la ingeniería estructural. Analizar sus consecuencias, documentar las fallas y trasladar esas enseñanzas a códigos y estándares permite convertir la experiencia acumulada en una herramienta concreta para construir ciudades y estructuras cada vez más seguras y resilientes.