Democratizar el futuro

Brian Petruzzi, PE, presidente de NCSEA, plantea que el verdadero desafío de la inteligencia artificial no es crear más herramientas, sino democratizar su adopción. En esta editorial, publicada en STRUCTURE magazine, propone colaboración, formación y espacios comunes.

Mi suegro les teme a dos cosas: las agujas y las arañas. Por eso, al cumplir 40 años, decidió tatuarse una araña. En un solo gesto, permanente y desafiante, enfrentó ambos temores. Es el único tatuaje que tiene, y la historia quedó grabada en mi memoria durante años.

Siempre admiré esa manera directa de abordar el miedo y la incertidumbre: identificar aquello que incomoda y enfrentarlo. Al asumir la presidencia de la National Council of Structural Engineers Associations (NCSEA), considero que nuestra profesión necesita adoptar una actitud similar frente a la tecnología.

La incertidumbre que rodea a la inteligencia artificial —su potencial, sus limitaciones y sus implicancias para la ingeniería estructural— ha generado una inquietud colectiva en nuestro sector. Podemos permitir que esa incomodidad nos paralice o enfrentarla de manera directa.

Cuando hablamos de inteligencia artificial aplicada a la ingeniería estructural, la conversación deriva inevitablemente hacia cuestiones vinculadas con las licencias profesionales, la seguridad de las personas y el criterio técnico. También observamos noticias sobre grandes empresas tecnológicas o importantes firmas de ingeniería que desarrollan herramientas personalizadas de diseño generativo.

Ese escenario alimenta una narrativa persistente: la innovación parecería ser dominio exclusivo de los gigantes de nuestra industria, de aquellas organizaciones que cuentan con el capital, el personal y los datos necesarios para ampliar los límites de lo posible. Sin embargo, creo que estamos mirando la ecuación tecnológica al revés.

La profesión de la ingeniería estructural está integrada, predominantemente, por pequeñas y medianas firmas. Por ello, el mayor retorno de la inversión para nuestro sector no surgirá de un puñado de grandes compañías capaces de desarrollar herramientas exclusivas para su propio uso. La verdadera transformación tendrá lugar cuando democraticemos la tecnología; cuando creemos foros, procesos y flujos de trabajo que permitan a cada ingeniero estructural, con independencia del tamaño o los recursos de su empresa, incorporar estos avances a su práctica cotidiana.

La verdadera transformación ocurrirá cuando democraticemos la tecnología: cuando generemos foros, procesos y flujos de trabajo que permitan a cada ingeniero estructural, sin importar el tamaño o los recursos de su firma, utilizar e integrar estos avances en su práctica diaria.

El desafío que enfrentamos no radica en la falta de tecnología, sino en la falta de adopción. Las herramientas existen, pero todavía no contamos con una visión compartida ni con una hoja de ruta que permita implementarlas ampliamente en toda la disciplina.

Para las pequeñas y medianas empresas, la barrera de entrada suele parecer insuperable. ¿Cómo puede una firma de veinte personas encontrar tiempo para evaluar herramientas de inteligencia artificial mientras cumple simultáneamente con los plazos de sus proyectos? ¿Cómo podemos modificar la cultura de nuestras organizaciones para incorporar nuevos flujos de trabajo sin perder el criterio técnico esencial que define nuestro valor profesional?

Allí aparece la brecha de innovación: el espacio que separa la creación de una nueva tecnología de su aplicación práctica y generalizada. Superar esa distancia constituye una responsabilidad colectiva de nuestras organizaciones profesionales.

El desafío para cada profesional es claro: salir de su zona de confort. Reservar tiempo para experimentar con herramientas de inteligencia artificial. En los modelos tradicionales de liderazgo, las tareas suelen delegarse hacia los equipos. Pero, frente a este cambio tecnológico, todos —desde el graduado más reciente hasta el socio principal de una firma— deberían aprender, probar y experimentar.

También es necesario promover una mentoría inversa, en la cual las generaciones más jóvenes ayuden a las de mayor experiencia a comprender qué posibilidades ofrecen las nuevas herramientas. Esta dinámica puede favorecer la inclusión y abrir espacios para quienes se interesan por la programación y la automatización, permitiéndoles generar valor estratégico dentro de firmas que históricamente han privilegiado competencias tradicionales de la ingeniería estructural.

La innovación no debe quedar restringida a especialistas, grandes corporaciones o departamentos tecnológicos. Debe convertirse en una capacidad compartida por toda la comunidad profesional.

Sea que un ingeniero apenas sienta curiosidad por la inteligencia artificial o lidere iniciativas de innovación dentro de su empresa, su participación resulta necesaria. Democratizar las herramientas capaces de definir el futuro de la ingeniería estructural exige construir comunidades abiertas, promover el intercambio de experiencias y facilitar el acceso al conocimiento.

Porque, en definitiva, el futuro tecnológico de la profesión no debería ser diseñado por unos pocos. Debe ser construido entre todos.

Fuente: Artículo originalmente publicado en STRUCTURE magazine, julio de 2026. Traducción y adaptación editorial para la Asociación de Ingenieros Estructurales (AIE).