IA y juicio estructural
La inteligencia artificial promete transformar la ingeniería estructural, pero también plantea un desafío decisivo: preservar el juicio profesional. David O. Prevatt analiza esta tensión y sus efectos en la formación de nuevas generaciones, en la edición de julio de 2026 de Structure Magazine.
El avance de la inteligencia artificial en la práctica de la ingeniería estructural suele presentarse como una evolución lógica hacia procesos más eficientes, automatizados y previsibles. Cálculos de cargas, verificaciones de conexiones, controles de cumplimiento normativo y numerosas tareas repetitivas pueden reorganizarse mediante herramientas digitales capaces de acelerar tiempos y optimizar flujos de trabajo. Sin embargo, detrás de esa promesa aparece una pregunta de fondo: ¿qué sucede con el juicio profesional cuando una parte creciente de la experiencia cotidiana se delega en sistemas automatizados?
Este interrogante constituye el eje del artículo “AI Use in Structural Engineering Practice, and the Preservation of Engineering Judgment”, de David O. Prevatt, Ph.D., PE, publicado en la edición de julio de 2026 de Structure Magazine. El autor sostiene que el juicio ingenieril no surge únicamente del dominio de normas, fórmulas o procedimientos, sino de la continuidad de la práctica, de la responsabilidad sobre los resultados y del contacto reiterado con situaciones reales marcadas por la incertidumbre.
La reflexión resulta especialmente significativa para quienes se encuentran en las primeras etapas de su carrera profesional. Tradicionalmente, la formación del ingeniero estructural se consolidó mediante una secuencia de tareas que permitían aprender haciendo: desarrollar habilidades básicas, participar en cálculos, intervenir en decisiones de detalle, observar la construcción y comprobar cómo las estructuras responden cuando las condiciones de obra se apartan de los supuestos iniciales. Es precisamente en esos desajustes, conflictos e imprevistos donde se forma buena parte del criterio profesional.
La automatización, la fragmentación del trabajo y la tercerización pueden debilitar ese proceso acumulativo. Cuando las tareas se descomponen y redistribuyen entre personas, programas y asistentes basados en inteligencia artificial, existe el riesgo de que los jóvenes profesionales pierdan la posibilidad de acompañar un problema desde su concepción hasta su materialización y comportamiento posterior. Los estudios pueden conservar planos, informes y cálculos, mientras los individuos pierden la experiencia integral que permite comprender por qué una decisión funcionó, falló o debió modificarse.

Prevatt advierte que esta transformación no debe entenderse como una ruptura repentina, sino como la continuidad de una tendencia previa. Durante décadas, la ingeniería estructural se organizó crecientemente alrededor del cumplimiento normativo, la verificación, la gestión de responsabilidades y la optimización de procesos. Códigos, estándares y programas especializados aportaron mejoras indiscutibles en seguridad y confiabilidad, pero también redujeron, en ciertos ámbitos, los espacios donde el profesional ejercita la discreción fundada en una experiencia prolongada.
La cuestión adquiere una dimensión mayor cuando se observa el desempeño de las estructuras a largo plazo. El juicio no se acumula si los ingenieros pierden contacto con las consecuencias de sus decisiones a través de los años y de sucesivos ciclos de uso, mantenimiento y adaptación. Una obra puede cumplir con los indicadores inmediatos y, sin embargo, revelar vulnerabilidades mucho tiempo después. El artículo menciona el caso de la construcción residencial expuesta a amenazas naturales y señala que ciertos conocimientos capaces de reducir daños no siempre se incorporan de manera sistemática a los códigos o a la práctica habitual.
De allí surge una pregunta incómoda y necesaria: ¿quién desarrollará la experiencia requerida para reconocer y responder cuando las condiciones reales queden fuera de los flujos de trabajo estandarizados? El problema se vuelve crítico cuando esas condiciones son incompletas, contradictorias o se apartan de los supuestos típicos de diseño. Si la práctica inicial de los ingenieros queda definida casi exclusivamente por procedimientos automatizados, puede disminuir su capacidad para actuar frente a aquello que el procedimiento no previó.
El texto también señala la distancia que puede existir entre la investigación académica y la práctica profesional. Mientras la investigación analiza patrones repetitivos de daño y desempeño a lo largo de décadas, la actividad cotidiana suele concentrarse en proyectos individuales, condicionados por códigos, contratos, plazos y responsabilidades específicas. Ninguna perspectiva es suficiente por sí sola, pero la desconexión entre ambas puede ocultar problemas de largo horizonte y debilitar el vínculo entre el juicio profesional y el valor social de la ingeniería.

La inteligencia artificial aparece como una herramienta de enorme potencial, comparable en ciertos aspectos con otras tecnologías que transformaron la profesión. Su capacidad para asistir en el análisis, la estructuración de información y la comunicación puede ampliar el alcance del trabajo profesional. Pero esa utilidad no elimina una tensión central: cuanto más eficiente sea la automatización de las tareas básicas, mayor será la necesidad de pensar cómo se formarán quienes mañana deberán asumir decisiones complejas bajo incertidumbre.
La preservación del juicio ingenieril no depende, entonces, de rechazar la inteligencia artificial. Depende de diseñar entornos profesionales donde la tecnología no desplace la responsabilidad, la mentoría, la continuidad de la experiencia ni el contacto con las consecuencias reales de las decisiones. El desafío para estudios, empresas, universidades y asociaciones profesionales consiste en asegurar que las nuevas generaciones no solo aprendan a producir respuestas correctas, sino también a reconocer cuándo una respuesta aparentemente correcta resulta insuficiente.
La reflexión de Prevatt adquiere particular relevancia para la ingeniería estructural contemporánea. Una profesión organizada exclusivamente alrededor de la eficiencia y el cumplimiento corre el riesgo de debilitar las condiciones que históricamente permitieron formar criterio. La inteligencia artificial puede extender la capacidad analítica del ingeniero, pero la construcción, el ejercicio y la preservación del juicio profesional continúan siendo responsabilidades humanas.


























