Diseñar desde la estructura
Dos proyectos desarrollados en San Francisco muestran cómo la ingeniería estructural puede orientar decisiones arquitectónicas, resolver condicionantes urbanos y sísmicos y, al mismo tiempo, generar nuevas oportunidades espaciales y urbanas.
Durante siglos, la arquitectura se apoyó en las célebres virtudes vitruvianas de firmeza, utilidad y belleza. En ese equilibrio, la estructura desempeñaba un papel central: no solo garantizaba la estabilidad de los edificios, sino que también contribuía directamente a su expresión formal. Con el paso del tiempo, sin embargo, el vínculo entre forma arquitectónica y estructura comenzó a diluirse. Los avances tecnológicos y la aparición de nuevos materiales permitieron separar cada vez más la imagen del edificio de su lógica resistente. No obstante, en determinados contextos —especialmente en sitios urbanos complejos o con condicionantes patrimoniales— la estructura vuelve a ocupar un lugar decisivo en la concepción arquitectónica.
Dos proyectos desarrollados en la ciudad de San Francisco ilustran cómo el diseño estructural puede convertirse en el factor que ordena y orienta la arquitectura. Ambos casos corresponden a intervenciones en parcelas urbanas densas y sobre edificaciones existentes, donde las restricciones espaciales, históricas y sísmicas exigieron soluciones innovadoras y una estrecha colaboración entre arquitectos e ingenieros.
El primero de los proyectos corresponde a la ampliación de la Cathedral School for Boys, una escuela privada ubicada en el entorno de Grace Cathedral, en Nob Hill. El conjunto forma parte de un área reconocida como patrimonio histórico, por lo que cualquier intervención debía respetar estrictos criterios de preservación urbana. El edificio original de la escuela, construido en la década de 1960, contaba con una estructura de hormigón armado con losas tipo waffle y columnas también de hormigón. Con el paso de las décadas se realizaron diversas modificaciones y pequeñas ampliaciones, hasta que surgió la necesidad de reorganizar las aulas e incorporar nuevos espacios.
La intervención incluyó la remodelación completa de las aulas existentes y la incorporación de una ampliación de aproximadamente dos plantas, situada entre el edificio original y la catedral. La nueva pieza se apoyó sobre la terraza de hormigón existente, evitando así la ejecución de nuevas fundaciones en un sitio altamente restringido. Este condicionante llevó a optar por una estructura liviana de acero con luces cortas, capaz de minimizar las cargas transmitidas al edificio existente.
El diseño también debió resolver exigencias sísmicas propias de San Francisco, una de las regiones urbanas con mayor actividad sísmica de Estados Unidos. El edificio existente requería refuerzos limitados para cumplir con las nuevas demandas, lo que se logró mediante el refuerzo de algunos muros de corte de hormigón. Los diafragmas de piso, ejecutados con losas livianas sobre deck metálico, permitieron transferir las cargas sísmicas al sistema estructural existente sin introducir elementos que obstaculizaran la transparencia de la nueva fachada orientada hacia la catedral.
La ampliación debía ser liviana no solo desde el punto de vista estructural, sino también visual. Grandes superficies vidriadas permiten que la luz natural penetre en los nuevos espacios y en las aulas existentes, generando un ambiente luminoso que funciona como nuevo centro de actividades para la escuela. La envolvente de muro cortina prefabricado, con perfiles de aluminio en tonos verde pálido que evocan el cobre envejecido, establece un diálogo contemporáneo con las estructuras de hormigón circundantes sin competir con ellas.
La inserción de la nueva estructura implicó además desafíos constructivos singulares. Algunas columnas debieron alinearse con las del edificio original para evitar nuevas fundaciones, mientras que otras se introdujeron a través de aberturas practicadas en el parapeto del techo existente. Las vigas principales se conectaron cuidadosamente con el sistema estructural previo para garantizar la transmisión de esfuerzos de diafragma. Incluso una viga de transferencia existente debió ser reemplazada por una nueva viga de acero de mayor capacidad, proceso que exigió apuntalamientos temporarios y un control minucioso de cargas durante la obra.
El segundo caso corresponde al edificio conocido como 1 Kearny, una construcción histórica ubicada en el denominado “Newspaper Angle” del centro de San Francisco. El edificio original fue construido en 1902 como sede del Mutual Savings Bank y está revestido con piedra arenisca y terracota. Su estructura de acero demostró un comportamiento notable durante el terremoto de 1906, lo que permitió que el edificio continuara en uso durante gran parte del siglo XX.
En la década de 1960 se añadió un anexo de hormigón armado con muros de corte rígidos alrededor de los núcleos de circulación. Sin embargo, esta ampliación generó con el tiempo problemas funcionales y estructurales. El anexo resultaba demasiado grande en relación con el edificio original y el encuentro entre ambas estructuras producía un comportamiento sísmico desfavorable, comparable a una “cola rígida que sacude a un cuerpo flexible”.
Décadas más tarde, los propietarios adquirieron el terreno contiguo y decidieron completar el frente urbano mediante una nueva ampliación que ocupara el vacío existente entre edificios. Esta intervención permitió resolver simultáneamente los problemas funcionales y estructurales del conjunto. El proyecto incorporó una nueva pieza de diez pisos que actúa como un “sujetalibros” sísmico: una estructura capaz de estabilizar tanto el edificio histórico como el anexo existente.
La nueva ampliación se diseñó con pórticos resistentes a momento que trabajan en conjunto con los muros de corte del anexo para resistir las fuerzas sísmicas en la dirección longitudinal. En el centro del edificio se incorporó además un sistema de arriostramiento que aporta aproximadamente la mitad de la resistencia lateral total. Esta estrategia permitió distribuir las demandas sísmicas de forma equilibrada entre las diferentes estructuras.
Desde el punto de vista arquitectónico, el proyecto buscó dialogar con el edificio histórico sin replicar su lenguaje. Los pórticos de acero se recubrieron con una fachada ventilada de terracota que retoma el material tradicional del edificio original, reinterpretado con un lenguaje contemporáneo. El resultado es una composición que integra estilos de tres épocas distintas, formando un conjunto coherente que pone en valor la estructura como elemento expresivo.
Ambos proyectos muestran cómo la ingeniería estructural puede convertirse en una herramienta clave para resolver problemas complejos en contextos urbanos consolidados. En lugar de limitarse a responder a una forma arquitectónica predefinida, la estructura se convierte en el elemento que organiza el proyecto, define sus posibilidades y, en muchos casos, habilita nuevas soluciones espaciales y urbanas.
En entornos densos, con edificios existentes, restricciones patrimoniales y exigencias sísmicas, el trabajo conjunto entre arquitectos e ingenieros adquiere una importancia fundamental. Estos ejemplos demuestran que, cuando la estructura se integra desde el inicio del proceso de diseño, es posible recuperar el antiguo vínculo entre firmeza y belleza que Vitruvio describía hace más de dos mil años. En la arquitectura contemporánea, ese vínculo puede expresarse de manera más sutil que en el pasado, pero sigue siendo una de las claves para producir obras técnicamente eficientes y al mismo tiempo significativas para la ciudad.
Fuente de texto e imágenes: Revista Structure, marzo de 2026.



































